La gran desgracia de la sociedad vegana.

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La habíamos jodido. La gente había ido abrazando el verano, propios y extraños dejando de comer productos provenientes de los animales como una estúpida moda, colocándose a si mismos en la base de la cadena trafica, cuando habían hecho falta siglos de evolución para llegar a la cima. Y ese fue el principio del fin.

Cuando más del 50% de la población mundial cambia sus hábitos alimenticios, cosas malas ocurren, y es que no estábamos preparados para dar de pastar a tantísima gente, la demanda de hortalizas era cada vez mayor mientras que las factorías cárnicas iban cayendo una tras otra sin piedad. Y ahí hay un gran problema, pero no era el problema “principipal”. Hay una cosa muy extendida entre los veranos y vegetarianos, que es la manía de, como negación de su propia condición, preparar comidas que imitan a la carne pero sin carne, haciendo así “hamburguesas de tofu”, “sobrasada vegana”, y demás jilipolleces. Y estas jilipolleces, cuanta más gente abrazaba el veganismo, más se extendían y arraigaban, y una población embrutecida por el consumo de vegetales comenzó a pedir cosas de lo más absurdas. Querían, no, exigían, calabacines con sabor entrecot de ternera, berenjenas de morcilla de Burgos, puerros que imitasen la textura de los callos. Cuando, tras tres generaciones de veganos convencidos, ni siquiera recordaban como eran tales alimentos. Pero los querían. Y los consiguieron.

La farmaceúticas, o vete tu a saber que clase de empresas, de esas que trabajan con transgénicos, y las farmaceúticas, vieron aquí la posibilidad de enriquecerse a costa de el estrato más verde de la sociedad, y el más débil, y empezaron a trabajar en carísimos vegetales con trazas de ADN de animales para conseguir darles aquel sabor, mientras que la población continuaba infra-alimentándose. Y no tardaron en conseguirlo, después de todo, ya llevaban mucho trabajo avanzado de cuando cortaron sus investigaciones en pro de que aquello no era sano. Y algo de razón debían tener aquellas antiguas y omnívoras personas. Para los veranos aquello fue una revolución a sus paladares, cosas que jamás habían tenido el placer de saborear, como una loncha de bacon, pero con forma de hoja de platanera, y que no atentaba contra los derechos de unos animales que habían dejado de ser útiles y tan solo se conservaban en zoológicos, y eventualmente como mascotas. Pero estas nuevas plantas, si se las puede llamar así, si que sufrían, aunque esto era algo que se obviaba, que se ocultaba, estaban triunfando, y no podían cortar así ese éxito económico.

El problema es, que cuando juegas a ser Dios, Dios puede intentar patearte los cojones, y así lo hizo. Aquellas berenjenas, brócolis y demás mierdas, comenzaron a pensar y a organizarse, y para cuando las farmacéuticas, o vete tu a saber que clases de empresas, de esas que trabajan con transgénicos, y las farmacéuticas, quisieron darse cuenta, no pudieron reaccionar. Y el resto de la población…, tampoco pudo hacer gran cosa, pues una tamaña ingesta de fibra y mierdas al final deja secuelas. Secuelas fecales. Se cagaban cada diez minutos.

La humanidad fue brutalmente sodomizada por un ejército de zanahorias, pimientos del padrón y alcaparras super desarrollados, y fue sometida a todo tipo de vejaciones, las más horribles que se os puedan ocurrir por parte de una hortaliza, cosas anales, cosas nazis, y cosas vegetarianas. A punto estuvo de extinguirse la humanidad, y gracias a ello también los hipsters, pero un reducto de personas pudo salvarse gracias a las políticas globales. En África, al no haber comida, estos vegetales no llegaron, y los negritos pudieron seguir pasando hambre, y bailando dando saltitos, corriendo delante de los leones y anunciando Carlsberg.

Y con esto quiero decir,

que me negaré a comer brócoli,

hasta que el brócoli deje de ser brócoli.

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